Columnas

“Venezuela” por Eduardo A. Romanín

¨Arrecho¨ significa en el lenguaje diario del venezolano enojo, bronca, molestias. Estar arrechos es sinónimo de estar  con bronca, con malestar o molestias por algo o con alguien. Cuando esa palabra refleja un estado decotizadas en el continente. Fue la envidia de sus vecinos colombianos y un verdadero faro de irradiación ánimo colectivo, el gobierno de turno tiene que estar preocupado. Para alguien que vivió más cinco años exiliado de la dictadura militar en ese solidario país, volver a percibir ese clima de decepción y pesimismo, es poco alentador, más bien doloroso y generador de preguntas que con diferentes resultados se hacen los propios venezolanos.
Ocurre que es difícil de explicar que un país inmensamente rico, con petróleo abundante -el mayor reservorio del mundo- diamantes valiosísimos, una tierra fértil en el Estado Zulia que es la tercera pradera fértil del mundo con tierra clase Humus, con yacimientos de hierro, playas turísticas en todo su territorio y en definitiva, una geografía sumamente generosa, que hizo que sus habitantes tuvieran una vida durante generaciones, se encuentre en un estado de postración colectiva palpables a todo estos atributos naturales o dones de la naturaleza, le sumamos el carácter y la forma de encarar la vida por parte de sus habitantes, encontraremos la razón por la cual durante décadas se consideró a Venezuela “el paraíso de América” y sus visas de residente fueron las más cotizadas en el continente. Fue la envidia de sus vecinos colombianos y un verdadero faro de irradiación democrática en todo el Caribe, y hoy es motivo de preocupación generalizado con algunos pronósticos agoreros en cuanto a su futuro inmediato.
Sin embargo,  al convivir casi un mes con el alicaído pueblo, uno entiende que el casi 200% de inflación, el creciente desempleo, la temible y muy presente sombra del desabastecimiento, con una inseguridad altísima que hace temer por la aparición de los temidos escuadrones de la muerte en los barrios caraqueños, y sobre todo la declinación manifiesta de su Presidente, Nicolás Maduro, generen  la sensación de estar en otro país y nos invada suma tristeza a los que conocimos la IV República venezolana. Salarios mínimos que no superan los 10 dólares mensuales y salarios medios que llegan con suerte a 30 dólares mensuales.
Cuando el sueldo de un Profesor Universitario con dedicación a tiempo completo es presentado como un logro por el Gobierno por llegar su monto  a los 50 dólares, hay preguntas para hacerse. Cuando las colas, en los centros de racionamiento superan las 18 horas para retirar apenas 4 ó 5 productos básicos -en su mayoría luego revendidos en el mercado negro- y cuando conseguir un remedio se acerca mucho a una hazaña que sufrí en carne propia, uno empieza a entender el enojo.
Cuando el dólar  paralelo se cotiza a un 500% más que el oficial y abre la puerta a enormes negociados de funcionarios del Estado. O cuando bajo la excusa del contrabando hormiga se cierran fronteras con Colombia (salvo aquellas del Estado Apure permeables al narcotráfico) y se expulsa a pacíficos ciudadanos de ese país que hacía más de 40 años que vivían en Venezuela surge inmediatamente la pregunta del porque y la creciente certeza de que algo pasa y algo huele mal, no en Dinamarca, sino en el país bolivariano.

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